Hora de cuento: Desfiles de Ilusiones

Carnaval

La pequeña niña se había asomado en aquel extraño mundo producto de sus más profundos miedos, y no supo diferenciar, si aquello era la continuación de su sueño o el producto de su torcida realidad. Así que, ignorando la incómoda advertencia que susurraba su corazón, se dirigió dubitativa hasta la animada concurrencia que con algarabía disfrutaba del show.

El concurrido desfile de arlequines, magos, polichinelas y pierrots se extendió por la oscura calle hasta lo más profundo de la enorme carpa que crecía verticalmente hasta perderse en la inmensidad. Sin prisas y con la curiosidad haciendo estragos en su mente, entró.

El interior estaba parcialmente  a oscuras, sólo el murmullo lejano del carnaval  y el eco de las pisadas de la multitud  llegaba a sus oídos.  Por un momento, abandonó la sensación de miedo y continuó avanzando por el sombrío pasillo esperando encontrar una salida o al menos, hallarle sentido a sus extrañas alucinaciones.

-¿Qué hace una hermosa damita rondando sola en tan peligroso lugar? – le saludó amablemente brighella, vestido elegantemente con traje a rayas verdes y una inmaculada capa blanca, su rostro cubierto por una máscara negra y torcida de la cual sólo pudo apreciar aquellos ojos rojos que la miraban con intriga.

La pequeña saltó al verse sorprendida por el recién llegado.  -Yo…ehh… -tartamudeó con miedo intentando idear una excusa. Retrocedió intimidada ante la mirada penetrante que aquel personaje mostraba aún a través de la máscara. Estaba segura que estaba sonriendo burlonamente y eso hizo que los vellos de sus brazos se erizaran.

En un movimiento ensayado, brighella llevó sus manos a la cabeza y rió complacidamente ante la confusión de su acompañante -¡Oh, así que estás perdida! –exclamó con renovado interés. Permaneció callada y sonrojada por la vergüenza, al otro pareció no importarle porque sin previo aviso la llevó a lugares desconocidos. Cruzaron puertas, recorrieron jardines y cambiaron de escenarios, hasta que cansada de tanto caminar se encontró en una enorme sala con el público  enloquecido y el espectáculo en su mejor momento. -¿Qué es esto? –interrogó, pero al voltear se dio cuenta que su captor había desaparecido.

-Me llamo Dorian. ¿Cómo te llamas, pequeña de ojos verdes? –reapareció nuevamente al otro lado. Retrocedió nerviosa.  La pregunta parecía tan sencilla, pero al intentar contestarla no pudo. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. –Yo… no puedo recordarlo.

-Oh – fue la única contestación que recibió.

-¿Por qué están de fiesta? –interrogó mirando a todos cantar y moverse alegremente.

-Siempre estamos de fiesta. La alegría aquí no tiene límites, todos estamos de acuerdo en que no deseamos nada más.

-Que ridículo –le respondió irritada. Demasiado para su gusto –Existen muchas cosas más que pueden hacer.

-Es arte querida. Esto es real y a la vez no. Es una perfecta ilusión. Somos un desfile de ilusiones que viaja por muchos escenarios.

-Están muy viejos para eso –levantó su ceja y cruzó sus brazos mientras enfrentaba la tonta respuesta de Brighella.

-¿Quién te ha dicho que somos mayores que tú? –sonrió con burla ante la sorpresa dibujada en la chica de ojos verdes.

-Eres un mentiroso –y la expresión burlona no se borró del rostro.

–A veces, pero sólo por estaba vez te estoy diciendo la verdad.

La niña le tuvo miedo, algo palpitaba dentro de su cuerpo y no supo que hacer. Así que corrió, estaba segura que la estaba manipulando desde el principio. –¡Quiero irme de aquí! –insistió caminando sin rumbo y tropezando con las personas y niños que venían de un lado a otro.

-No puedes –susurró molesto Pantalone, quién la seguía de cerca.

-¡Aléjate! ¿Por qué siguen apareciendo tan repentinamente?

-No puedes irte, una vez que has aceptado entrar.

-Nunca acepté nada –le contestó frustrada –Tengo que volver a casa, con mis padres.

-Aquí no existe algo como eso. Pierrot te lo dijo, ¿No es así?  -una exclamación de sorpresa escapó de los labios de la niña. Detuvo sus pasos y volteó hacia el hombre -¿Qué has dicho? Parece que me conocieras.

-Lo hago. Todos lo hacen. Hace muchos años que estás aquí, Colombina. –la sonrisa de aquel anciano cascarrabias era sincera –¿Nuevamente has perdido tus memorias? Deberías haberte negado en aquel entonces, el abandonar la vida real nunca es cosa fácil para ninguno de nosotros.

Jadeó sintiendo cosquillas subiendo por sus extremidades. Estaba enloqueciendo. ¿Cómo podía haber dejado todo atrás? ¿Por qué no contradecía las palabras de Pantalone? ¿Por qué le irritaba tanto la presencia de Brighella? Se estremeció. Miles de imágenes desfilaron en su cabeza. Entonces recordó, la razón por la que se encontraba en aquel lugar. Sus ojos vagaron en la figura del niño que divertía a la audiencia con gracia desmedida.

-¿Lo recuerdas ahora, Elizabeth? –preguntó Dorian con un tono de ironía, reapareciendo a un lado de Pantalone –Creíste la mentira que había dibujado para ti, una niña perdida que estaba asustada en un mundo que no le pertenece… eres terrible querida –el sarcasmo en su voz le enfureció. Repentinamente quiere hacerlo desaparecer.

-Cállate –le ordenó sin fuerzas. De pronto, lágrimas se deslizaron de sus ojos hacia sus mejillas, profusas y saladas. Gritó con fuerzas, hasta donde sus pulmones lo pudieron permitir.

Luego el silencio reinó en la instancia. Miles de ojos se fijaron en la menuda niña que lloraba sin cesar. Incluso, el pequeño pierrot que había estado jugando con Arlequín detuvo su risa. -Has estado vagando por mucho tiempo. Suele sucederle a todos, sin embargo, sigues negándote a dejar ir los recuerdos de tu pasado –le consoló el gran hombre de la capa blanca, moviendo sus manos con un gesto de simpatía hacia la chica caída en depresión.

-Lo siento –una nueva voz se añadió –Fue mi culpa –declaró con inocencia el pierrot en su brillante traje blanco. Elizabeth levantó su cara. Ahora estando tan cerca podía verlo.

Jonah –susurró inconscientemente.

¿Quieres jugar conmigo para siempre?  Le había dicho en aquel entonces, cuando en medio de la desesperación del divorcio de sus padres y las burlas en el colegio, había encontrado en aquel extraño chico su ruta de escape. No era la culpa de ninguno de aquellos peculiares seres, ella había aceptado interpretar un papel en aquel festival de ilusiones por siempre. Porque le gustaba Jonah, el chico despreocupado y divertido que se iría una vez su cuerpo cambiara y la responsabilidad de ser adulto carcomiera su habilidad de imaginar.

-¿Estás bien, Elizabeth?

No, no lo estaba. Estaba atrapada.

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